Relato psicológico

Una centésima

Un cuento breve sobre el modo en que una cifra puede parecer control y, de pronto, volverse espejo.

Una centésima

Eva tiene un ábaco escondido en el estante más alto de su armario. Cada vez que sale con alguien añade una cuenta al número representado. Anteayer movió una de las cuentas de las unidades para representar el 99. Hoy ha quedado en verse con otra persona, pero esta vez, para variar las cosas, o tal vez para celebrar el número 100, ha decidido que el encuentro va a transcurrir lejos de la ciudad.

Así que se le ha ocurrido que el encuentro tendrá como tema una ruta de senderismo, no muy lejos de Lourdes, a los pies de las montañas. Lea, su cita, que también le gustaba el senderismo, no ha rechistado a la idea de hacer el recorrido.

Eva recoge a Lea a las 6h, dos horas después llegan. Comienzan la ruta enseguida para evitar el calor de la tarde. Eva avanza con determinación, como si conociera la ruta de memoria. Lea, en cambio, se ve fatigada desde los primeros cien pasos en pendiente ascendente; además pierde el aliento mientras habla. A Eva le molesta tener que esperar a su compañera a cada rato.

—No entendí bien… ¿Qué me dijiste que hacías en tu… trabajo, Eva? —lanza de repente Lea mientras jadea.

Eva la observa un rato antes de responder: Lea brega para evitar las hojas de los acebos que crecen a lado y lado del camino. «Tal vez no debí haber sugerido esta ruta», piensa.

—Ah ¿yo? Eh se trata de crear nuevos materiales, mi equipo y yo buscamos crear nuevos materiales superconductores que tengan altas temperaturas críticas, o sea que funcionen a temperaturas no tan bajas…

Eva observa la cara de Lea, quien parece no entender nada, pero no se esfuerza en seguir explicando. Cree que en realidad no tiene importancia que su cita entienda bien a lo que ella se dedica. Además, de todas formas, ya se imagina en frente del ábaco añadiendo una unidad al número de citas representado.

Eligió el ábaco porque era una manera de mantener un registro que nadie más comprendería al verlo. Empezó a hacerlo después de que terminara con su segunda novia, con la que duró cuatro años. Usar el ábaco le da la impresión de que cada vez se acerca más a una pareja verdadera. Lo cierto —en el fondo Eva misma lo sabe— es que hace mucho ha perdido la determinación de formar relaciones a largo plazo.

Cuando llegan al final del recorrido, se sientan a comer sobre el pasto. Ambas se satisfacen observando el paisaje montañoso. A esa altura ya no hay otros árboles más que abetos regados por aquí y allá entre praderas extensas. Eva se pregunta si antes de las praderas había bosques de abetos que fueron talados más tarde para fines ganaderos y maderables. Pero tal vez no, tal vez incluso a los abetos ya no les convienen esa altura y tierra rocosa.

Entonces observa a Lea que no deja de hablar mientras come uno de los sándwiches de pollo que ella misma ha preparado. A Eva se le ocurre que ella es un pino en medio de abetos y que nunca encontrará a alguien que la satisfaga.

— Eva, ¿te gusta cocinar? —pregunta con dulzura Lea.

—¿Eh? Ah sí, sobre todo los fines de semana, preparo la comida para la semana. A ti también, ¿no? Hiciste estos sándwiches… Por cierto, gracias, je, je. Está muy bueno.

Mientras le responde, Eva piensa que tal vez se apresura a sacar conclusiones sobre su cita. Mira con curiosidad los suaves labios de Lea al hablar; su piel diáfana bajo la gorra; su cabello largo, que acaba de soltar; su torso bien definido. Admite que su cita posee una belleza que la enternece. En seguida, mira las piernas de Lea y se imagina acariciándolas bajo las sábanas.

—… A veces hago onigiris y mochis, me gusta la cocina japonesa también —termina Lea como para llamar la atención de su compañera.

Eva se siente un poco triste después de esa frase, a ella también le gusta hacer onigiris pero no quiere admitirlo. En el fondo se siente bien moviendo las cuentas y decepcionándose sin tener que profundizar en sus relaciones; pero decide responder con sinceridad, después de todo el sándwich sí está bueno.

—¿Ah sí? A mí también me gusta hacer cosas con arroz marinado —dice con entusiasmo Eva.

Ambas observan un rato más el panorama de montañas escarpadas cubiertas de praderas y abetos antes de decidirse a volver, a fin de cuentas es un buen día para hacer senderismo. Eva se siente feliz con esas montañas, siente que siempre podrá volver a ellas pues están al alcance de dos horas en carro; dos horas, que en compañía de Lea han parecido media hora.

El descenso resulta más fácil y Lea ya no hace esperar a Eva a cada tanto. En el camino de vuelta a la ciudad, tal vez por el cansancio o por una sutil incomodidad por parte de Eva, no hablan mucho. Al despedirse quedan de verse en ocho días, pero Eva no está segura de si quiere mantener esa promesa.

Eva vuelve a su cuarto y baja del estante más alto del armario el ábaco. Corre una cuenta de las centenas y baja las otras 18 cuentas de las decenas y de las unidades. Así, llega a representar 100 citas.

Eva mira el ábaco: el 100 es una única cuenta alejada del resto de cuentas, siente un nudo en la garganta. Piensa en todas las chicas con las que ha salido, también en aquellas con las que ha compartido la cama. ¿Cómo han podido llegar a 100? Se da cuenta de que en su cabeza todas aquellas personas forman un amasijo de recuerdos que la hacen sentir extraña. En fin, piensa en Lea, tal vez su cara cándida al hablar no merece terminar entre aquella masa amorfa de recuerdos incómodos. Por otro lado, ha sido muy tosca en la montaña, tal vez ha debido tratarla mejor.

«No está bien llegar a las unidades de mil», piensa mientras toma el teléfono para escribirle a Lea.