Será tan grande como tú
Tú ya lo sabes, no hay razón para que te lo diga, siempre te he admirado. Aún más en los últimos años. Admiro tu solidez, esa fortaleza que siempre he deseado y que nunca he alcanzado. Cuando éramos más jóvenes, hace veinte años, luchaba por ir más arriba que tú, por alcanzar la luz mucho antes que tú. Lo que logré fue tocarte: primero fue una caricia tímida que nos cosquilleaba a ambos, luego fue con nudo del cual ambos nos servimos para crecer un poco más.
He querido crecer como tú pero tus ramas no se inclinan hacia el suelo como las mías, tu corteza no se despelleja como la mía; tus hojas están firmemente unidas a los peciolos y siempre están más erguidas que las mías. Con todo, decidí seguir la carrera a mi manera. Seguir la carrera significaba mantenerme a tu altura, no alejarme más de ti.
Empero, los últimos años han sido duros. Mis hojas ya no soportan las heladas de primavera y se han secado y marchitado en todos los veranos pasados. Al principio, no me importaba, me decía que con el paso del tiempo me pondría al día. En un buen año, me repondría y te volvería a alcanzar. Pero han pasado dos años buenos, con veranos frescos, sin tormentas ni heladas intempestivas y no he crecido en absoluto. Lo cierto es que con cada año que pasa, mientras tu tronco se hace más sólido y grueso, el mío es más frágil y quebradizo. Estás apenas a unos metros, pero con el paso del tiempo te has alejado más y más. Sobre todo, en los últimos años, que has crecido mucho más que yo.
Así no era cuando éramos pequeños. Cuando nacimos ambos teníamos un tallito enclenque, pero logramos engrosarlo casi al mismo tiempo hasta que las tormentas no representaron una amenaza fatal. Los primeros diez años nos incentivábamos a crecer el uno al otro; yo crecí más rápido y llegué a ser más alto que tú. Fue por esa época cuando comenzaste a producir tus primeras bellotas; me dijiste que, con el tiempo, yo también produciría bellotas, incluso más bonitas que las tuyas. El día llegó y produje mis semillas, mas estas no caían acumulándose en el suelo como las bellotas, sino que el viento se las robaba y yo no las volvía a ver.
El otoño pasado me dormí antes que tú, tuve miedo de nunca más despertar, pero me dijiste sonriendo que volveríamos a vernos en unos meses. Este verano apenas tengo diez hojas, mis ramas están enjutas y las urracas ya no pueden ni soñar anidar en ellas. Mi tallo está débil; me es difícil mirarte fijamente. Tu copa está más frondosa que nunca, tus hojas onduladas a penas se secan en los días más soleados y calurosos.
Hoy lo entiendo, nunca te alcanzaré, ya no seré más alto que tú. Tus ramas llevarán cada vez más alto tus hojas sin que yo pueda verlas. Este será mi último verano, me secaré extrañándote. Mis congéneres más septentrionales viven por largos años. Tal vez, si hubiéramos nacido más al norte, nos hubiéramos acompañado por más tiempo. Cuando me talen, tus ramas que se apoyan contra las mías tal vez también caigan. Será una pequeña cicatriz que acaso te haga pensar en mí cuando ya no esté.
Durante estos cuarenta años tanto tú como yo hemos producido innumerables semillas. Primavera tras primavera hemos llenado el aire alrededor de polen; y otoño tras otoño, sin faltar, hemos acumulado la esperanza de miles de nuevas vidas. Tal vez, alguna de mis semillas, que están envueltas en sámaras, volará muy lejos hacia el norte y, por alguna casualidad, caerá cerca de una bellota. Entonces ambas semillas crecerán juntas y se acompañarán como tú y yo, pero esta vez quizás por más de un siglo. La semilla de la bellota crecerá en un guapo y robusto roble y la de la sámara en un dulce y grácil abedul.