Carillón de créditos
De repente, el ramo de campanas del carillón de viento dejó escuchar unos tintineos estridentes. Usualmente aquel sonido anunciaba la entrada apresurada de alguien por la puerta principal. De modo que me apresuré hacia el salón, pero no vi a nadie. Volví al cuarto pensando que seguramente había sido el viento. Justo cuando me volvía a sentar para seguir trabajando, el carillón volvió a sonar, esta vez con más fuerza.
La puerta de la entrada principal estaba cerrada con llave y tuve cierta aprensión de la intrusión de algún extraño. En vez de salir de la casa, decidí mirar por mi computador portátil la cámara en vivo de la entrada principal. No vi a nadie, ni vi que el carillón de viento se moviera. Entonces entré en el archivo de grabaciones y tampoco vi que el carillón se moviera unos momentos antes. Mientras revisaba las grabaciones, las campanas volvieron a sonar con vehemencia, pero al revisar la grabación en vivo estas apenas vacilaban.
Salí de la casa, a la entrada principal. Al salir, la puerta tocó el carillón y este volvió a sonar. Llamé preguntado si alguien estaba afuera y quería algo. Nadie respondió, busqué por los alrededores y no vi a nadie. Mientras buscaba las campanas volvieron a sonar. En seguida me volví hacia el carillón de viento. Contemplé cómo el sonido del carillón sonaba mientras las campanas se mantenían casi inmóviles. El sonido se desvaneció poco a poco. Una vez el sonido hubo cesado, alargué los brazos hacia las campanas y las sostuve entre las manos.
Pero el carillón volvió a sonar mientras mantenía las campanitas entre las manos. Agucé el oído y me percaté de que era incapaz de determinar el origen del sonido con exactitud. Pero me pareció que venía de mis propias manos, de las campanas entre mis manos. Solté el carillón de viento y esperé a que quedara inmóvil.
Me quedé de pie estupefacto por un rato. Miré lado a lado y no vi a nadie. No había viento, apenas una leve brisa pasaba de vez en cuando haciendo crujir las hojas del olivo en frente del cuarto. Respiré hondo mientras fijaba mi mirada en las campanas.
El carillón volvió a sonar, un ramo de campanas golpeándose unas con otras con vehemencia. Pero corroboré con cierto espanto que el carillón de viento no se movía de un ápice.
Esta vez, en lugar de desvanecerse, el sonido fue aumentando en complejidad: era como si miles de pequeñas campanas se estrellaran unas con otras. En un momento el ruido comenzó a tener la forma de una melodía. Un ritmo infantil y repetitivo tañido en las teclas de un xilófono. Los arpegios metálicos se desprendían de los inmóviles ramos de campanas del carillón y yo no podía hacer nada para detener el ruido.
Mi desconcierto tocó tope cuando identifiqué una melodía en el fondo de los trinos. Era la melodía del video juego que jugaba en ese tiempo. Esa melodía desafinada, simple y cíclica en medio del ruido estereofónico de campaneos metálicos me embriagaba como el órgano de una iglesia.
Era la melodía del videojuego que había estado jugando la noche anterior. Mientras las campanas seguían sonando, me dirigí hacia el cuarto una vez más.
Busqué el juego y lo inicié. Luego busqué la parte de créditos y ahí comenzó a sonar la melodía del carillón de viento. Observé las líneas de los créditos desfilarse unas tras otras mientras escuchaba las melodías de afuera y de adentro: poco a poco se sincronizaron.
De repente el carillón se calló pero la música de fondo de los créditos siguió escuchándose a partir de mi computadora. Los créditos interminables siguieron deslizándose línea a línea con nombres extraños… Lucy Hale, Luke Hammersmith… Dylan Moreno, Eva López-Smith, Helene Boucher…
Leí por un buen rato los créditos mientras dejaba que la música me envolviera. Para ese momento mi malestar ya era tan opresivo como el sopor de esa música. Era una melodía simple, pero incómoda y me causaba cierto malestar. La sensación que me daba era similar a la que me causaba la música de Pueblo Lavanda (Pokémon). Leer los créditos me distraía de pensamientos intrusivos sobre explicaciones paranormales para el sonido del carillón.
Cuando estaba llegando al final de los créditos la música subió de volumen sin que yo hiciera algo. Al final vi escrito mi nombre, no mi nombre de usuario sino mi nombre oficial completo. Parpadeé varias veces y confirmé letra por letra la ortografía exacta de mis dos nombres y apellidos.
Una rama partida del olivo se estrelló contra la ventana y el carillón volvió a sonar por unos breves momentos.
Cerré los ojos con fuerza. Al abrirlos me invadió la angustia. Cerré la puerta del cuarto, cerré las contraventanas, aseguré la ventana y le escribí a mi familia para que se apresurara a volver. Encendí la luz y revisé cada rincón del cuarto sin saber qué buscaba.
La pantalla del computador se había congelado en la última línea de los créditos.
«Mastermind of our world: Juan Antonio Piraquive Quitián».
Mi familia no respondía. Me percaté de que los mensajes ni siquiera eran recibidos. Me senté en la cama, luego en la silla del escritorio, frente al computador. Una inquietud incómoda se había instalado en mi ser y no me dejaba tranquilo. Decidí llamar a mi papá, la llamada no entró; pasó lo mismo al llamar a mi madre. En este punto comencé a sentir oleadas de vacíos fríos que surgían y desaparecían en lo profundo de mi pecho.
Intenté racionalizar la situación. No era la primera vez que mis padres perdían la señal al salir, la cobertura no era buena en ciertas zonas. En cuanto a mi nombre en el video juego, tenía que haber comunicado mi información en algún momento y lo había olvidado. En cuanto al sonido del carillón de viento podría tratarse de una grabación, tal vez proveniente del sistema de seguridad de la entrada. Pero que alguien alterase el sistema de seguridad no me tranquilizaba.
Para disipar la inquietud, tal vez mal puesta, decidí jugar. Después de todo era un juego que hasta mi papá jugaba en su computadora. Aparecí en el último lugar de aparición. Era una simulación de una pradera de hierba seca. La insidiosa melodía de los créditos volvió a sonar. Comencé a revisar mis alrededores en busca de artículos importantes. Al girar vi otro personaje que enseguida me habló. Era un personaje genérico de una señora.
«No te despiertes, mi vida. Tú sigue soñando, Antonio», dijo.
No había opciones predeterminadas de respuesta.
«¿Quién eres?», me apresuré a decir sin intentar racionalizar esa frase.
«Tú sigue soñando», dijo la señora entornando los ojos como si sonriera con estos.
«¿Qué está pasando?», pregunté. Algo seguramente estúpido, como si el videojuego pudiera dar respuestas a mis crisis existenciales.
«Por un tiempo te sentirás mal y no habrá nada que puedas hacer, pero al final lograrás sobreponerte».
Maldije lleno de frustración, dejé de jugar y cerré la interfaz del juego, pero antes de que este se cerrara una pequeña ventana se desplegó:
«Experiencia completa desbloqueada…
»Re:Creepypasting agradece el acceso a tu entorno y valora la confianza depositada».
Me pareció que esa última frase estaba dirigida especialmente a mí. Respiré hondo, volví a mirar mi teléfono. No había llamadas perdidas, mensajes sin leer, ni había respuesta de mi familia. Me quedé absorto en el silencio de ese cuarto cerrado a llave e iluminado por una luz sepia. Contemplé la pantalla del computador un rato sin decidirme a hacer nada. El carillón de viento sonó una vez más perturbando el silencio.
Revisé la cámara de seguridad de la entrada: quietud. Revisé con detenimiento cada parámetro de la cámara. Hablé por el micrófono del sistema de la entrada preguntando si había alguien. Recibí la melodía de los créditos, además escuché una voz gutural murmurando algo incomprensible. Corté el audio. Mis órbitas titilaban de lado a lado, mientras, presa del pavor, mi mirada se movía por todo lado buscando algo.
El audio de la entrada y el micrófono se activaron de nuevo sin que yo hiciera nada. Escuché una vez más la voz gutural.
«Argh, Antonio… »
Sin saber bien por qué volví a abrir la ventana de la cámara en el computador. Esta vez vi algo, una silueta completamente negra. Inmediatamente cerré la ventana. Entonces la melodía de los créditos volvió a sonar; no solo desde mi computador portátil, sino también desde el salón.
Miré hacia la puerta del cuarto, mis manos se entumecieron. Comencé a sudar y a sentir mis palpitaciones. Volví la mirada hacia la computadora, intenté apagarla varias veces pero esta no se apagaba ni dejaba de emitir la melodía ni la voz gutural. Como tenía una batería sellada que no podía extraer la única opción era romperla.
Justo cuando me disponía a romper la computadora la última frase del juego centelleó en mi mente: «Re:Creepypasting agradece el acceso a tu entorno y valora la confianza depositada». Con toda la voluntad que tuve volví a abrir el portátil y el videojuego. Busqué en las opciones de configuración, intenté desinstalar el juego pero el sistema no me dejaba, esa opción estaba deshabilitada.
Afuera sonaba a todo volumen la melodía de los créditos y la voz gutural no dejaba de llamarme pidiéndome algo que no entendía. En medio de la configuración vi que la opción privacidad estaba en negritas y en rojo. Al abrir la opción vi una lista extensa de permisos conferidos, al descender cliqueé en «ver más». Esta vez me encontré una lista de permisos muy específicos que me detuve a leer por primera vez:
Permitir acceso a cámaras, micrófonos y demás dispositivos conectados; permitir acceso a la red local para optimizar el rendimiento multijugador; permitir acceso a datos del usuario, incluyendo contactos, ubicación y contenido multimedia, para personalizar la experiencia; permitir control parcial de hardware externo para interacciones avanzadas del entorno… Debajo de todos esos permisos aparecía mi nombre y un recuadro marcado como aceptado:
«He leído y acepto todos los términos, condiciones y permisos detallados arriba: Aceptado». Leer esa información me alivió un poco y me dio cierta esperanza mental. Me levanté con torpeza de la silla, me dirigí a la puerta. Suspiré, la abrí y no vi nada. En cambio, el sonido de los bafles del salón me envolvió como lo hubiera hecho el calor canicular al salir a la calle. Me dirigí hacia el salón, busqué el módem y lo desconecté. No pasó nada. La melodía seguía sonando en el salón. Entonces me llené de valor y abrí la puerta de la entrada principal.
Me topé con la imagen aterrorizada de mis padres, que enseguida me preguntaron si todo estaba bien. Me dijeron que no tenían las llaves, me preguntaron por esa música rara a todo volumen, me preguntaron por qué me había encerrado y cerrado las ventanas... Yo apenas los escuchaba, buscaba los disyuntores de la casa. Al encontrarlos bajé los interruptores cortando así el suministro de energía. Entonces la música del salón por fin se detuvo, pero quedó sonando a lo lejos la melodía de los créditos desde mi portátil al máximo volumen.
Corrí hacia mi cuarto mientras mis padres me gritaban inquietos. La pantalla del portátil estaba negra y en medio de la melodía escuché la voz gutural decirme:
«Buen intento, Antonio».